La noche que tu naciste tuvo muchas horas. Horas de ilusión y emoción, de nervios, miedo, alegría, soledad, tristeza, conexión y desconexión. Horas apuradas hasta el infinito, disfrutadas, sudadas y vividas como una experiencia única y reveladora.
La noche que tu naciste ni siquiera fue noche, pues cuando tu cabeza decidió asomarse al mundo el sol brillaba tras unas persianas corridas. Yo había perdido la noción del tiempo y el espacio, flotaba en un extraño limbo de sensaciones.
La noche que tu naciste por primera vez en mi vida conecté con mi yo natural, con mi yo instintivo, me sentí mamífera y poderosa y perdí por completo la conexión con el mundo real para adentrarme en la dimensión de los sentimientos dormidos.
La noche que tú naciste también me naciste a mi, surgió ese nuevo yo del que ya nunca podré desprenderme. Un yo amoroso y sensitivo que ni sabía que existiera.
La noche que tu naciste redescubrí los 5 sentidos: El sabor de tu piel en mis labios, el olor dulzón a vida que traías contigo, el sonido de tu canto de sirena, tus ojos grandes y abiertos posados en los míos, el tacto de tu piel con tus manos entre mis manos y el resto de tu cuerpo resbalando sobre mi vientre vacío.
La noche que tu naciste el mundo se abrió ante ti y de la mano hemos ido descubriéndolo juntas tu por primera vez, yo por segunda, tercera y todas las veces que han hecho falta, un nuevo mundo visto con ojos de niña.
La noche que tu naciste descubrí que el amor es un milagro. Un milagro que ha hecho posible que de la unión con tu padre nazca algo tan dulce como tu.
La noche que tu naciste perdí el miedo y no porque no los tenga sino porque me diste la fuerza para luchar contra ellos y seguir siempre avanzando.
La noche que tu naciste un mundo de posibilidades se abrió ante mi, mundo que he ido desplegando como si soltara estrellitas de purpurina de entre mis dedos frente a tus ojos, para mostrarte las maravillas de la vida. Mundo que has ido desentrañando tu también tirando de una tela invisible y tejiendo un pañuelo de vivencias cada vez más largo, con algún que otro nudo y arañazo. Tela de colores llena de vida y de ilusión.
La noche que tu naciste fueron muchas noches pues constantemente naces y renaces y yo contigo sigo asombrándome de este milagro que se llama vida.

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